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Cada historia y toda historia comienza siempre con un día en un lugar a cierto tiempo; en tal ocasión ocurre algo maravilloso: inicia la historia.
No todo lo escrito es maravilloso como no todo lo vivido es memorable, la mia es una historia que sólo es importante para mi y no lo es tanto para marcar su inicio, ni siquiera recordarlo.
Era un niño -si es que alguien como yo puede decirlo de ese modo-, desde entonces no esperaba encontrar mucho afuera porque no pretendía dar algo de adentro; podía y puedo comenzar, mantener y (sobre todo) concluir una conversación aunque no suelo disfrutar hablar con otros, soy del tipo observador más que del observable.
Siempre fui alguien normal, realmente no sobresalía del mar infantil y tampoco pretendí hacerlo: lo bastante listo para no requerir ayuda ni ser punto de referencia, lo bastante idiota para no ser un modelo a seguir.
No conocía a nadie y nadie me conocía a mi, eso me funcionaba bien; sin embargo nunca reparé en que el solitario resulta uno de los elementos más visibles por su propia invisibilidad.
Los niños no ven al solitario, se lo topan en el patio o se sientan al lado suyo en el aula, les es familiar como la puerta por la que cruzan para entrar al colegio o los árboles de las jardineras e, igual que ellos, lo obvian hasta ignorarlo.
Con los adultos es distinto. Están siempre tan insatisfechos con ellos mismos que no pueden frenar la necesidad de expulsar su descontento fuera de sus cuerpos, a veces como censura y otras como lástima; porque, admitámoslo, sentir pena por otro es la mejor manera de evadir cuán miserable y patética es nuestra propia existencia.

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