He tratado de ignorarlo, porque me avergüenza admitir algo de esta naturaleza, porque me cuesta trabajo revelarlo de manera coherente y –más que nada- porque pienso que la evasión suele desestimarse y a mí me gustan las causas perdidas.
Con el paso del tiempo la situación se ha vuelto más delicada. Ya no es esa cosa inexplicable que zumbaba en mis oídos por las noches ni el suave dolor ocasional en mi cuello.
Es una incomodidad latente, un grito cierto. Es un hecho. Sé que está ahí y ya no puedo negarlo ni mirar hacia otro lado.
Tengo tantos recuerdos, pienso mucho al respecto. Pienso en el pasado, en lo que fue y ya no es, aunque para muchos sea una pérdida de tiempo a mí me sirve de referente. Entonces no fui capaz de reconocer lo que tenía, no vi todo lo obviamente maravilloso y preciso; entonces fui muy ciega, muy necia, ignorante y absurda. El bienestar era tan claro que no pude entenderlo como permanente y busqué mayor placer sin ver que era imposible ser más feliz, estar más completa.
Desde entonces, como un vagabundo, me he dedicado a vivir de los desperdicios de otros. He buscado en la basura de quienes encuentran algo mejor y vivo de sus sobras; me mantengo de lo inservible y hasta hace poco me convencía a mí misma de que era lo que estaba buscando, que no se trataba de sobras sino regalos de la casualidad para quien está dispuesto a mirar dos veces y perder el asco.
Pero no. Han sido restos, mitades, pedazos, trozos… todo inútil, todo ajeno.
Ahora sería momento de retroceder sobre mis pasos, de tocar la vieja puerta, plantarme sobre mis cansados pies y decir “lo siento. Perdón, quiero volver”; sin embargo no lo haré.
No podría regresar, no deberías aceptarme, no soportaría que no lo hicieras.
Siempre paso frente o muy cerca. Camino el mismo sendero, sé hacia donde me conduce y que no llamaré aunque me detenga ante el timbre, así como estoy segura de que volveré ahí cada vez.
Te recuerdo, te pienso, te dibujo e imagino todo de ti, nada contigo. Te veo de mil modos, siempre igual. Me agobio y me duele…
… aunque las palabras me falten, aunque no tenga nada más que ofrecer, aunque mis disculpas nunca lleguen, una parte de ti lo sabe…
Lo mucho que te echo de menos… lo mucho que me echo de menos.


Tengo algo que confesar...
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